TRAMAS  SOCIALES  |  REVISTA  DEL  GABINETE  DE  ESTUDIOS  E  INVESTIGACIONES EN SOCIOLOGÍA (GEIS)

 

ISSN: 2683-8095

Nº 03 | Año 03 |Septiembre 2021

 

Las transformaciones recientes en la Unión Cívica Radical. Renovación partidaria, polarización política y oposición al kirchnerismo (2008-2015)

Recent transformations in the Radical Civic Union. Party renovation, political polarization and opposition to Kirchnerism (2008-2015)

 

Gabriel Obradovich[1]

Luis Donatello[2]

Recepción: 17/05/2021 - Aceptación: 30/08/2021

Páginas: 165-191

 

Resumen

En las elecciones nacionales de noviembre de 2015, la coalición Cambiemos, integrada por la Unión Cívica Radical, la Coalición Cívica y Propuesta Republicana, se impuso a Daniel Scioli, el candidato representante del kirchnerismo. Para muchos analistas, fue sin duda sorpresivo que una fuerza de centroderecha, que solo gobernaba en dos distritos importantes, hubiera logrado conquistar el poder. En la coyuntura electoral, fue fundamental que la UCR como partido nacional le proporcionara al PRO una estructura territorial para favorecer dicho triunfo. ¿Cómo entender la alianza entre la UCR y el partido de Mauricio Macri cuando, en los años anteriores, diferentes líderes partidarios habían manifestado su rechazo al PRO y a la posibilidad de que el radicalismo apoyara a un partido de derecha? Para comprender el proceso que posibilitó la conformación de Cambiemos, en este trabajo se indaga, por un lado, sobre los cambios y reconfiguraciones internas del partido y, por el otro, sobre el modo en que el proceso de polarización política afectó la dinámica interna del radicalismo, particularmente luego del conflicto agrario de 2008. Retomando estas dimensiones nos preguntamos: ¿qué transformaciones internas atravesó la UCR en los primeros años del kirchnerismo y con qué claves discursivas se posicionó frente al gobierno? ¿De qué manera el creciente marco de polarización política afectó la reorganización partidaria interna y contribuyó a la formación de la coalición Cambiemos?

Palabras Clave: UCR, Cambiemos, oposición

 

Abstract

In the national elections of November 2015, the Cambiemos coalition, made up of the Radical Civic Union, the Civic Coalition and the Republican Proposal, prevailed over Daniel Scioli, the representative candidate of Kirchnerism. For many analysts, it was undoubtedly surprising that a center-right force, ruling only two major districts, had managed to seize power. At the electoral juncture, it was essential that the UCR as a national party provide the PRO with a territorial structure. How to understand the alliance between the UCR and Mauricio Macri's party when, in previous years, different party leaders had expressed their rejection of the PRO and the possibility that radicalism supported a right-wing party? In order to understand the process that made possible the formation of Cambiemos, this work investigates, on the one hand, the changes and internal reconfigurations of the party and, on the other, the way in which the process of political polarization affected the internal dynamics of the UCR party, particularly after the agrarian conflict of 2008. Returning to these dimensions, we ask ourselves: what internal transformations did the UCR go through in the early years of Kirchnerism and with what discursive keys did it position itself against the government? How did the growing framework of political polarization affect internal party reorganization and contribute to the formation of the Cambiemos coalition?

Keywords: Radical Civic Union Party, Cambiemos coalition, opposition.

 

Introducción

Este trabajo se propone indagar las trasformaciones de la UCR y sus posicionamientos políticos como partido opositor entre 2003 y 2015, hasta la formación de la coalición Cambiemos. En este período, el partido vivenció un proceso de transformación interna que reorientó sus posicionamientos políticos y culminó en la formación de la alianza que le permitió a Mauricio Macri llegar al poder. Estos cambios y transformaciones del radicalismo encuentran un espacio vacante en los estudios políticos que, al analizar este fenómeno, suelen centrarse en el PRO y en la figura de Mauricio Macri como fenómeno político (Vommaro, Morresi y Bellotti, 2015; Vommaro, 2019; Canelo, 2019; Mauro, 2020).

Respecto a los cambios de la UCR, dos claves interpretativas orientaron parte del debate académico en el período. Por un lado, el señalamiento de un desplazamiento ideológico por parte del partido hacia la centroderecha del espacio político y, por otro, una creciente racionalidad instrumental por parte de sus dirigentes para conformar alianzas y coaliciones exitosas en el plano electoral. Sin duda, ambos señalamientos son pertinentes, pero resulta necesario complementarlos con un análisis del cambio de poder entre los grupos internos del partido. La hipótesis analítica que guía este trabajo es que tanto las tomas de postura ideológica de los principales líderes radicales como la estrategia de alianzas electorales estuvieron condicionadas por el poder interno de los grupos vinculados a la presidencia del partido y a la Convención Nacional, la cual tiene la potestad de aprobar tanto las líneas programáticas como el esquema de coaliciones.

En lo que respecta al cambio ideológico, Schuttenberg (2014) ha destacado el giro a la derecha de la UCR, en particular luego de las elecciones de 2005. En este sentido, tanto Schuttenberg (2013) como Cantamutto (2015) han situado la política de Derechos Humanos como inicio de la ruptura del radicalismo con el gobierno de Néstor Kirchner, luego de algunos acuerdos previos en relación a ciertas medidas de gobierno. En este trabajo sostendremos que dichos cambios en el posicionamiento político de la UCR pueden comprenderse mediante la reconstrucción de las particularidades de los enfrentamientos internos. Como se detallará luego, el desplazamiento ideológico del partido hacia la derecha se corresponde también con el recambio de autoridades y la renovación de las distintas fracciones surgidas a partir del ingreso de referentes del interior del país que lograron desplazar a la vieja cúpula partidaria alfonsinista.

En lo referente a la creación de Cambiemos, también las interpretaciones tendieron a privilegiar la racionalidad electoral de los dirigentes. En este sentido, Mauro (2020) sostiene que el acercamiento al PRO le posibilitó a la UCR recuperar capital político luego de años sin un candidato competitivo a nivel nacional, y lograr, por arrastre electoral, recuperar competitividad en las provincias. Con una mirada similar, también De Riz (2009) asegura que fue la racionalidad electoral de los dirigentes radicales lo que los llevó a la conformación de coaliciones en los años previos a la formación de Cambiemos. Sin dudas el argumento es válido. Sin embargo, debemos observar que no siempre fue esta racionalidad la que primó, sino que la misma se desplegó en función de las propias luchas internas. Así, por ejemplo, entre 2009 y 2011, Julio Cobos fue la figura de la UCR más exitosa electoralmente en su provincia, el político radical más conocido en toda la Argentina y uno de los opositores con mayor intención de voto. Sin embargo, la cúpula partidaria que se había consolidado desde los primeros años del kirchnerismo bloqueó constantemente las candidaturas del mendocino pese a sus altas chances de triunfo. De manera que el posible éxito electoral no es el único elemento que organiza las alianzas y candidaturas. Como veremos, el mantenimiento del poder interno de los grupos resulta un aspecto más que relevante para comprender el posicionamiento de los referentes partidarios. 

En cuanto a la formación de la coalición con el PRO, Gallo (2018) considera que la cúpula de la UCR claudicó a sus principios y fue incongruente con la tradición política del partido. Más allá de la cuestión sobre “los principios”, objeto de lucha entre distintos sectores, es necesario contemplar que el conjunto de referentes que llevó adelante la propuesta de acercamiento al espacio de Mauricio Macri tuvo una importante representatividad partidaria y un vasto anclaje federal. Incluso debemos mencionar que el acercamiento al PRO por parte del radicalismo se produjo antes de la famosa Convención de Gualeguaychú, tuvo lugar en distintas provincias y sucedió “por debajo” de la decisión de las autoridades partidarias nacionales.

Como pusieron en evidencia diversos estudios, los partidos nacionales sufrieron un proceso de desnacionalización y territorialización con posterioridad a la crisis de 2001 (Calvo y Escolar, 2005; Gibson y Suárez Cao, 2007; Leiras, 2010). Las provincias se convirtieron en espacios de mantenimiento de poder electoral y los caudillos partidarios provinciales ganaron autonomía frente a las estrategias nacionales. La novedad del caso de la UCR en el período estudiado es que diversos líderes provinciales se apoderaron lentamente de los principales puestos de poder partidario a nivel nacional, desplazando particularmente al alfonsinismo que anteriormente había cohesionado aquella estructura. Esto en un contexto en el cual el radicalismo de la Ciudad Autónoma y la provincia de Buenos Aires disminuyó notoriamente su poder electoral (Obradovich, 2016; Zelaznik, 2019). Sin un liderazgo claro ni un candidato competitivo, este nuevo espacio de referentes radicales provinciales pudo recomponer la efectividad electoral a nivel nacional, primero, y posteriormente promover la coalición que ganó las elecciones en 2015.  

Las dos dimensiones de análisis centrales que nos proponemos relacionar para comprender los cambios en los posicionamientos políticos de la UCR entre 2003 y 2015 son, por un lado, la reconfiguración del poder interno entre los distintos grupos y, vinculado a esto, la creciente polarización que mostró el espacio político argentino desde 2008. Ambos elementos se entroncan y retroalimentan a lo largo del proceso, aunque generando también nuevos conflictos. En este sentido, pueden reconocerse varias etapas en relación a los cambios internos y a las posiciones del resto de los actores en el espacio político. En los primeros años de la presidencia de Néstor Kirchner, entre 2003 y 2005, el partido radical mantuvo un apoyo distante al gobierno y a sus primeras medidas. En este breve período, los grupos internos que comandaban el partido respondían todavía al viejo alfonsinismo. En una segunda etapa, a partir de 2005, el partido tomó un rol opositor más contundente. Este giro tuvo relación con una restructuración del poder interno, en la cual un nuevo grupo de radicales provenientes del interior del país fue desplazando a la cúpula partidaria. Sin embargo, al tiempo que se consolidaba como partido opositor, la UCR comenzó a fragmentarse, producto de la salida de gobernadores e intendentes hacia el oficialismo y la conformación de un espacio denominado “radicalismo K”. Una tercera etapa de unificación y fuerte polarización se inició luego del conflicto agrario de 2008. En este período, la UCR se cohesionó y se transformó en el partido de oposición con mayor peso político en el Congreso y en las provincias. Entre 2009 y 2015, el radicalismo superó parte de sus crisis de representatividad obteniendo diversas victorias en el interior del país y evidenciando una fuerte capacidad de permanencia (Malamud y De Luca, 2016). Pese a esta recuperación, no lograba acordar una candidatura presidencial competitiva. Luego de distintos conflictos internos, se consolidó una facción que promovió un acercamiento a Mauricio Macri.

En términos conceptuales, retomamos un conjunto de trabajos desarrollados por Pierre Bourdieu y la sociología francesa posterior (Bourdieu, 2001; Gaxie, 2004; Offerlé, 2004). Para esta corriente, los partidos políticos son entendidos como organizaciones constituidas por especialistas que disputan por el reconocimiento del electorado, y deben comprenderse en una relación dinámica y de intensas luchas. Además, la conflictividad interna cumple un rol significativo para la comprensión de los avatares de los partidos, tan importante como el posicionamiento externo frente a otras fuerzas. En el mismo proceso de enfrentamiento también los partidos logran renovarse y preservar el funcionamiento de las organizaciones a largo plazo. Es decir, no existe una contradicción entre internismo y unidad. Por el contrario, ambas dimensiones se complementan en la lógica de propia de diferentes tipos de organización. En este sentido, la formación de Cambiemos será analizada en relación a la lucha entre los distintos grupos internos en una coyuntura particular, condicionada por las disputas anteriores y la distribución del poder interno dentro de la UCR. En relación a la metodología, se utiliza como principal técnica el análisis de contenido a partir de archivos, tomando como fuentes los principales periódicos de publicación nacional (La Nación, Clarín y Página/12). Para organizar el corpus de archivos, en primer lugar se realizó una búsqueda sobre los posicionamientos de los principales referentes de la UCR entre 2005 y 2015, tomando como ejes las elecciones internas y generales. De esta primera selección se formó un archivo de alrededor de 750 notas en las cuales los principales dirigentes partidarios referenciaban sus posicionamientos políticos frente a sus competidores internos. Luego se realizó un proceso de selección de los datos a partir de la reconstrucción de los enfrentamientos entre los diferentes grupos a lo largo del período seleccionado.  

 

1.      El conflicto partidario en la UCR en los inicios del kirchnerismo

En las elecciones presidenciales del 27 de abril de 2003, la UCR obtuvo el 2,5% de los votos a nivel nacional. Este porcentaje representó la cifra más baja de su historia, pese a que contaba con 7 gobernadores, 659 intendentes, 22 senadores, 63 diputados y 298 legisladores provinciales (La Nación, 28/4/2003). El resultado electoral resultó una bisagra ya que generó un creciente reclamo de renovación partidaria por parte de todos los referentes provinciales del radicalismo.

Luego del sufragio, gran parte de la disputa interna se organizó en función de la posición frente al ballotage entre Néstor Kirchner y Carlos Menem y en relación con la elección de autoridades partidarias. Así, mientras el excandidato presidencial Leopoldo Moreau, el presidente del partido Ángel Rozas y parte del alfonsinismo, que mantenían los principales puestos partidarios en el Comité Nacional y en la Convención Nacional, apoyaron al candidato santacruceño, un conjunto de dirigentes del interior del país, como Roberto Iglesias (Mendoza), Oscar Castillo (Catamarca) y Carlos Maestro (Chubut) llamaron a tener una posición crítica y distante frente a los candidatos del justicialismo, al tiempo que sostuvieron la necesidad de renovar el partido y recuperar su rol opositor frente al peronismo (La Nación, 2/5/2003). Como respuesta a las demandas de renovación y recuperación de la identidad partidaria, Oscar Castillo y Roberto Iglesias fueron acusados por Ángel Rozas de “traicionar” a Moreau y apoyar en sus distritos al Movimiento Federal Recrear (La Nación, 30/4/2003). Efectivamente, como muchos candidatos del interior del país, parte de la estructura nacional de la UCR no había apoyado la candidatura de Leopoldo Moreau, sino la del exministro de la Alianza, Ricardo López Murphy.

Si bien la elección nacional de 2003 representó un rotundo fracaso electoral para la UCR, a nivel distrital algunos candidatos del radicalismo obtuvieron buenos resultados y se sumaron a la reivindicación del rol de la UCR como oposición al peronismo en sus provincias. Fue el caso, entre otros, de Oscar Aguad, quien obtuvo el 36% de los votos en Córdoba como candidato a gobernador. Pese al triunfo de Juan Manuel De la Sota, Aguad se posicionó como uno de los referentes territoriales con mayor apoyo electoral y peso político. En Mendoza, por su parte, el radicalismo se alzó con la victoria. Allí, el exgobernador Roberto Iglesias sostuvo que era “necesario romper la hegemonía que tienen dentro del partido la provincia de Buenos Aires y la Capital Federal” (La Nación, 28/10/2003). Afirmaba: “primero fue la espantosa experiencia que tuvimos durante el gobierno de la Alianza, después hubo una conducción que está fundamentalmente instalada en el radicalismo de la provincia de Buenos Aires y de la Capital que ha hegemonizado el partido. Se han equivocado, y lo deberán reconocer, dar el paso al costado para acompañar a los nuevos vientos que vienen en la Argentina y en el partido” (La Nación, 28/10/2003). En esta coyuntura, la postura de Aguad, Iglesias y otros referentes del interior chocaron con la intención de Raúl Alfonsín de propiciar que algunos referentes de la UCR ocuparan cargos en el nuevo gobierno kirchnerista (Página/12, 22/5/2003).

Resulta pertinente subrayar la particularidad de este tipo de posicionamientos y demandas de renovación. Si bien los pedidos de reforma interna y reorganización de los cuerpos partidarios son comunes en los períodos de declive electoral, como entre 1993 y 1995 (Obradovich, 2016), resulta novedosa la impugnación de las autoridades partidarias por su pertenencia distrital. Efectivamente, gran parte de la cúpula partidaria que ocupó los principales puestos de la UCR entre 1989 y 2003 provenía de la Capital Federal y de la provincia de Buenos Aires, pero hasta este momento, los dirigentes del resto de las provincias no habían objetado públicamente el peso de estos distritos en la distribución de poder interno. Posiblemente, como propone Ollier (2006), la pérdida de votos en el Área Metropolitana de Buenos Aires haya sido correlativa a la declinación del liderazgo de Alfonsín. Sin duda, ambos elementos promovieron nuevos tipos de clivajes internos. Tras los sufragios de 2003, resultó evidente que muchos referentes radicales del interior contaban con importantes caudales electorales, pero se sentían excluidos de la toma de decisiones sobre los principales lineamientos partidarios, la cual era monopolizada por el alfonsinismo.

 

2.      Recambio interno y rol opositor de la UCR en los inicios del kirchnerismo

Finalmente, durante los primeros meses de la gestión de Néstor Kirchner, la UCR fue definiéndose como partido de oposición y formuló las principales claves discursivas frente al nuevo gobierno a partir de la definición de la nueva fuerza como “autoritaria”, “discrecional en la asignación de recursos” y “avasalladora de las instituciones democráticas”.

El reparto de fondos a las provincias fue uno de los primeros puntos frente a los cuales el radicalismo se posicionó como opositor. Por ejemplo, Gerardo Morales, entonces secretario general del partido, denunció que el gobierno asignaba recursos de manera discrecional con el fin de disciplinar a los gobernadores radicales (La Nación, 16/2/2004). Por su parte, la propuesta de transversalidad del kirchnerismo fue calificada como un intento de acaparar poder. Ángel Rosas, en su rol de presidente de la UCR, sostuvo que “el famoso cuento de la transversalidad es, en realidad, una marquesina que quiere esconder una hegemonía, que no haya voces discordantes” (La Nación, 22/4/2004). También Mario Negri denunció que el “gobierno ignora al Parlamento, no hay discusión ni consenso, tiene una fuerte concepción en favor de la concentración del poder” (La Nación, 22/6/2004).

A lo largo de 2004, diversos dirigentes partidarios de la UCR tendieron a manifestar una toma de posición similar frente a los acuerdos del gobierno nacional con gobernadores radicales relacionados con la aprobación de leyes en el parlamento por mayoría y con las invitaciones a confluir en un espacio político transversal. En términos generales, las acciones del nuevo gobierno fueron interpretadas y calificadas como “intentos hegemónicos”, “autoritarios” y de “quebrantamiento de las instituciones republicanas”. De esta manera, se perfiló tempranamente un discurso opositor a la administración peronista que reivindicó como propios los valores de la democracia, la Constitución y el respeto a las instituciones.

Este reposicionamiento de la UCR, que recuperaba un modo de oposición “clásico” al peronismo, se produjo en un contexto de importantes cambios internos. A fines de 2004, se renovó el cargo de presidente de la Convención Nacional; los candidatos fueron Luis Cáceres y Adolfo Stubrin, ambos provenientes de Santa Fe. El primero fue apoyado por el alfonsinismo de la Capital y la provincia de Buenos Aires, mientras el segundo fue apadrinado por Rosas, presidente de la UCR, y por gran parte de los nuevos referentes provinciales Roberto Iglesias, Oscar Aguad y Ernesto Sanz. La estrategia de Ángel Rosas fue abroquelar el radicalismo del interior alrededor del creciente rol opositor: “los hombres exitosos del radicalismo, gobernadores, exgobernadores e intendentes deben desplazar a los que han vivido explicando derrotas”, manifestaba en alusión a la corriente alfonsinista del partido (La Nación, 24/9/2004). Frente a esta postura opositora de fuerte raigambre provincial, Leopoldo Moreau planteó la disyuntiva entre “un partido progresista y de base socialdemócrata o un furgón de cola de los intentos de la centroderecha de construir una alternativa política antiperonista” (La Nación, 26/9/2004). Así, mientras una línea reivindicaba la necesidad de recuperar la base electoral del partido, resaltando los triunfos de sus principales referentes, el otro espacio buscaba legitimarse enarbolando la bandera de la centroizquierda de la tradición alfonsinista.

El triunfo de Adolfo Stubrin significó el retroceso del poder interno de Alfonsín y del grupo político que lo rodeaba, lo cual provocó que muchos referentes comenzaran a hablar de posalfonsinismo (La Nación, 25/9/2004). Sin embargo, los vencedores de la lucha no se establecieron, como en otras coyunturas, en líneas internas organizadas o agrupaciones con anclaje nacional. Más bien conformaron un grupo heterogéneo sin un liderazgo claro, cuyos referentes eran gobernadores, intendentes y dirigentes provinciales que compartían la necesidad de posicionar al partido en su rol crítico, al mismo tiempo que denostaban los “acuerdos bajo la mesa” con el justicialismo bonaerense e, internamente, buscaban desplazar al alfonsinismo de la conducción partidaria (La Nación, 26/9/2004).

Es en este marco de lucha interna, tanto dentro del Comité Nacional, como en las manifestaciones de los principales portavoces en el Congreso Nacional, que la UCR se ubicó como un partido fuertemente opositor. Los nuevos representantes del interior le aportaron al partido un matiz “antiperonista” y en parte “conservador”, en contraste con las posiciones adoptadas por los alfonsinistas, que incluso podían reivindicar ciertas políticas del gobierno. Bajo esta dinámica de luchas internas es posible comprender más adecuadamente el posicionamiento de la UCR orgánica, en la medida en que la disputa los traccionaba en contra del alfonsinismo que había mantenido acuerdos con el gobierno de Eduardo Duhalde y se mostraba favorable a las primeras medidas de Néstor Kirchner.

 

3.      “El radicalismo K”

A principios de 2005 un conjunto de gobernadores radicales, entre los que se encontraban Julio Cobos (Mendoza), Eduardo Brizuela del Moral (Catamarca), Gerardo Zamora (Santiago del Estero), Miguel Saiz (Río Negro), Roy Nikish (Chaco) y Ricardo Colombi (Corrientes), comenzó a expresar públicamente su acuerdo con la orientación política del gobierno. El presidente Kirchner visitó diferentes provincias para promover programas ministeriales que implicaban el desembarco de recursos nacionales para aquellos distritos. Como reacción, numerosos dirigentes partidarios de la UCR tildaron esta estrategia de intento de “cooptación de las voluntades opositoras y reclamaron una nueva ley de coparticipación” (La Nación, 21/1/2005). Pero no solo los gobernadores comenzaron a mostrar mayor simpatía y acercamiento al gobierno. Un conjunto de intendentes radicales de la provincia de Buenos Aires, denominado Grupo Olavarría, comenzó a criticar a la dirigencia de la UCR y a impulsar un creciente apoyo al espacio gobernante (Clarín, 1/3/2005). Sin embargo, no fue hasta después de las elecciones legislativas de 2005 que se produjo un verdadero acercamiento entre los gobernadores radicales y el gobierno nacional. En dichas elecciones, la UCR tuvo un rendimiento dispar y complejo. Perdió apoyos en CABA y en la provincia de Buenos Aires. En la Capital, Federico Suárez Lastra obtuvo el 2,2% de los votos y ocupó el séptimo lugar. Pero a su vez, el radicalismo ganó en varios distritos provinciales, como Chaco y Mendoza, en algunos casos con un perfil claramente opositor y en otros en alianza con el gobierno nacional y candidatos abiertamente kirchneristas. De hecho, esto dificultaba los cálculos respecto a cuántos diputados conformarían la bancada radical en el Congreso (Clarín, 10/5/2005).

A lo largo de 2005, la postura de la mayoría de los gobernadores radicales supuso el reconocimiento a la gestión nacional en lo que respectaba al mejoramiento económico y al funcionamiento institucional. Finalmente, estos dirigentes realizaron un encuentro el 1° de noviembre en la Casa de Corrientes de la Ciudad de Buenos Aires, en el que formalizaron la constitución de un grupo de radicales en apoyo al gobierno. Allí, acordaron mantener un apoyo crítico. Julio Cobos declaraba: “la UCR se debe constituir en una alternativa de oposición constructiva y seria, y de apoyo crítico al gobierno” (La Nación, 1/11/2005).

La toma de posición de los gobernadores a favor del gobierno nacional chocó de plano con el creciente perfil opositor que la UCR estaba definiendo en el Congreso y desde la presidencia del partido. Efectivamente, distintos referentes nacionales de la UCR continuaron impugnando las intenciones hegemónicas, autoritarias y discrecionales en el uso de los recursos públicos por parte de la gestión kirchnerista (La Nación, 4/12/2005, 6/12/2005). En este marco de tensión entre los gobernadores radicales y las autoridades partidarias, Ángel Rosas anunció intervenciones en diversos distritos como forma de disciplinar al partido frente a los sectores favorables al gobierno nacional (Página/12, 17/4/2005).

Con vistas a las elecciones presidenciales de 2007, Néstor Kirchner anunció una convocatoria amplia a una concertación entre distintos partidos y movimientos sociales. Los gobernadores radicales respondieron con un documento que llamaba a conformar “acuerdos programáticos amplios y plurales que representen cabalmente las nuevas demandas de una ciudadanía emergente y esperanzada de haber dejado atrás los ciclos de estancamiento y decadencia” (La Nación, 31/5/2006). El movimiento interno del radicalismo que se sumó a la propuesta de formar una “Concertación Plural”, alentada por el presidente, terminó de consolidarse en agosto de 2006 cuando, bajo la denominación de Movimiento Federal Radical, se reunieron cerca de tres mil dirigentes de todo el país, intendentes, diputados y gobernadores, para apoyar al gobierno. Superando las expectativas propias y ajenas, participaron en dicha convocatoria 183 intendentes y jefes comunales de la UCR (de un total de 611), 122 legisladores provinciales, 409 concejales, media docena de diputados nacionales y unos dos mil dirigentes llegados de casi todas las provincias (La Nación, 13/8/2006). Este movimiento interno proclamó en julio de 2007 a Julio Cobos como candidato a vicepresidente para completar la fórmula con Cristina Fernández de Kirchner. Referentes radicales criticaron al gobernador de Mendoza por su postulación, afirmando que se sumaba a un “gobierno autoritario” que ponía “de rodillas a intendentes y gobernadores” (La Nación, 29/7/2007).

 

4.      La búsqueda de un candidato

Como ya vimos, luego de la elección interna de 2005, la UCR comenzó un proceso de recambio interno que supuso la llegada de nuevos referentes del interior del país y un desplazamiento de referentes de la Capital y la provincia de Buenos Aires, en su mayoría cercanos al alfonsinismo. Los nuevos dirigentes, como Roberto Iglesias, Ernesto Sanz, Oscar Aguad y Gerardo Morales, le dieron al partido una raigambre federal y una impronta opositora de perfil marcadamente antiperonista.

A mediados de 2006, estas figuras se vieron en la difícil coyuntura de definir un candidato para las elecciones presidenciales del siguiente año. Alfonsín, desplazado políticamente de la dirigencia del partido, propuso como candidato al exministro Roberto Lavagna. Rápidamente, algunos referentes se mostraron en desacuerdo con postular un candidato peronista. Margarita Stolbizer, secretaria general del partido, manifestó que era “‘estratégicamente malo’ para el partido ‘arreglar con el duhaldismo’ un acuerdo electoral” y, según La Nación, “siguió con su postura de armar un frente electoral de centroizquierda con el socialismo o ARI” (La Nación, 20/6/2006). Para parte del grupo que comenzaba a ocupar los principales cargos del partido, la candidatura de Lavagna implicaba un acercamiento al peronismo bonaerense que tanto habían criticado y, a su vez, ponía en jaque el perfil opositor que pretendían delinear en el partido y que los posicionaba internamente frente al alfonsinismo. A su vez, el conjunto de gobernadores e intendentes radicales que se sumaba a la Concertación Plural condicionaba el rendimiento electoral propio del partido a nivel nacional ya que estimaban que parte de los apoyos territoriales se volcaría hacia el oficialismo.

La posible candidatura de Lavagna abrió un conflicto interno en la UCR; Alfonsín promovió la figura del exministro en contra de la voluntad de la conducción partidaria, lo que motivó finalmente la renuncia del presidente del partido Roberto Iglesias. Antes de su dimisión, Iglesias sostuvo que gran parte del partido prefería un candidato proveniente de la UCR (La Nación, 5/10/2006). Como sucesor del cargo, el plenario del Comité Nacional nombró a Gerardo Morales. El nuevo presidente representaba al radicalismo jujeño, tenía diálogo con los dirigentes del interior del país y, a su vez, había ganado reconocimiento público por sus constantes críticas al oficialismo en el Senado. Al contrario que Iglesias, sostenía que la única opción para que la UCR no perdiera poder territorial en 2007 era presentarse con un candidato competitivo y, por lo tanto, apoyó la candidatura de Roberto Lavagna (La Nación, 17/11/2006). Finalmente, en agosto se anunció formalmente la designación del exministro y completó la fórmula el mismo Morales como candidato a vicepresidente, bajo la coalición denominada UNA: Concertación por Una Nación Avanzada (La Nación, 5/8/2007).

En las elecciones de octubre, la UCR obtuvo el tercer lugar con el 16% de los votos. En primer lugar se ubicó Cristina Fernández de Kirchner con el 45%, seguida de Elisa Carrió con el 23%. Como sostuvo Lesgart (2008), la elección representó un triunfo para el oficialismo a nivel nacional y una victoria para la oposición a nivel provincial. En el contexto electoral de una campaña tardía y apática (Lesgart, 2008), la mayoría de los analistas políticos interpretaron los resultados como una aprobación de las distintas gestiones, nacionales y provinciales, de manera que tendieron a ganar los candidatos oficialistas que proponían quienes ocupaban las administraciones.

 

5.      La crisis del radicalismo K y la reorganización partidaria durante el conflicto agrario

Tres meses después de la elección presidencial, Roberto Lavagna acordó comandar el Partido Justicialista de Buenos Aires junto a Néstor Kirchner. La noticia, que sacudió a todo el arco político y, en particular, a la UCR, supuso la conformación de una lista única para presidente y vicepresidente del PJ provincial (Clarín, 3/2/2008). La salida de Lavagna del arco opositor y la pérdida de capital político de Gerardo Morales dentro de la UCR impulsó a parte del radicalismo K a buscar estrategias para empezar a luchar por el aparato partidario. Uno de los conductores de este sector, el gobernador de Río Negro Miguel Saiz, llamó a renovar el partido mediante una conducción verdaderamente representativa y solicitó la renuncia del dirigente jujeño a la presidencia (La Nación, 5/2/2008). Como respuesta a las crecientes críticas y al intento de Julio Cobos de intervenir en las disputas internas, Morales aseguró que no abandonaría la presidencia y que no dejaría que ingresaran al radicalismo los que se fueron y “siguen el mandato del matrimonio presidencial” (La Nación, 7/2/2008). Finalmente, el Comité Nacional de la UCR terminó por lanzar una convocatoria de realifiación partidaria que promovía simbólicamente una apertura hacia los radicales que apoyaban al gobierno (La Nación, 26/2/2008). En este marco, con las autoridades que habían mantenido el cierre del partido y la expulsión de Julio Cobos deslegitimadas, referentes del radicalismo K comenzaron a movilizarse para conformar una línea interna que compitiera por los cargos partidarios (La Nación, 15/3/2008, 16/3/2008).

Entre fines de 2007 y los primeros meses de 2008, la UCR evidenció un proceso de división y fisura interna, por el cual, mientras una parte llamaba a la resistencia y defendía sus posiciones la otra pretendía reconquistar el partido. Sin embargo, el conflicto entre los sectores agropecuarios y el gobierno significó un reordenamiento de las posiciones y las líneas de fractura entre los distintos grupos.

La movilización de los productores rurales en marzo de 2008 tuvo como epicentro buena parte de las intendencias radicales de la provincia de Buenos Aires, como San Pedro, Pergamino y Junín, y supuso un punto de inflexión para gran parte de los referentes radicales bonaerenses que apoyaban al gobierno nacional. La mayoría de los radicales K tomó distancia del oficialismo cuando los manifestantes demandaron el apoyo de las autoridades locales. Fueron los intendentes de la provincia de Buenos Aires los que primero produjeron una ruptura con el gobierno nacional.

Frente a esta situación, Gerardo Morales advirtió que “los radicales K tienen las puertas abiertas del partido, pero deben hacer un examen de conciencia antes de volver” (Clarín, 15/4/2008). Varias declaraciones del jujeño durante este período fueron en el sentido de un llamado a realizar una especie de arrepentimiento público por haber traicionado al partido y haber defendido a un gobierno “autoritario” y “corrupto” frente a las advertencias del Comité Nacional de la UCR. Es un dato interesante para comprender también el modo en que el conflicto agrario reordenó los marcos interpretativos y las posiciones: unas semanas atrás el mismo Morales se encontraba deslegitimado internamente y los radicales de la Concertación se preparaban para regresar triunfales al partido. Con el agudizamiento del conflicto, comenzó un lento proceso de reunificación de la UCR.

El 17 de julio de 2008, el voto “no positivo” de Julio Cobos dio fin a la Concertación Plural. El resultado en el Senado significó la ruptura entre el vicepresidente y un gobierno que rápidamente lo tildó de “traidor” y de “desestabilizador” (La Nación, 18/7/2008). Por otra parte, la mayoría de los referentes del radicalismo reivindicaron la decisión del vicepresidente y reclamaron su reincorporación al partido (La Nación, 19/7/2008). Durante los meses posteriores, se llevaron adelante reuniones entre referentes del radicalismo tendientes a organizar la incorporación formal de los radicales K y del dirigente mendocino (La Nación, 20/8/2008, 25/8/2008). El voto de Cobos en el senado fue una poderosa acción simbólica, como la denomina Alexander (2017, p. 50), que transformó al vicepresidente en un emblema de cordura, valentía y diálogo frente a las supuestas posturas inflexibles del gobierno,  en particular para los sectores contrarios a la política agropecuaria del gobierno.  En los siguientes dos años se transformó  en el político radical más conocido del país, con una imagen muy positiva y alta intención de voto.

El radicalismo atravesó una fuerte revitalización. Ganó las intendencias de Río Cuarto, en Córdoba, y Santa Rosa, en La Pampa, mientras que se llevaron adelante reuniones partidarias con el fin de reincorporar no solo a dirigentes cercanos al gobierno sino también a referentes como Elisa Carrió y Ricardo López Murphy (La Nación, 31/10/2008). La UCR comenzó a evidenciar, como sostuvieron Malamud y De Luca (2016) en referencia a los partidos tradicionales, una importante capacidad de recuperación política y electoral frente a los críticos años anteriores, de fuerte división y pérdida de caudal electoral.

La Convención Nacional del partido que se realizó en Mina Clavero los primeros días de octubre de 2008 exhibió los cambios organizativos impulsados por el conflicto agrario. Allí, se trataron dos temas centrales: la reincorporación de los cobistas y la reforma de la Carta Orgánica. Estas temáticas reflejaban dos ejes importantes del conflicto interno que acuciaban al partido en aquel período. Por un lado, la necesidad de lograr mayor poder territorial y alcance electoral. Efectivamente, la salida de referentes locales hacia el oficialismo le había quitado a la UCR parte de su alcance nacional y poder de movilización. Al mismo tiempo la figura política del vicepresidente Julio Cobos se acrecentó enormemente luego del conflicto con los sectores agropecuarios y su reincorporación como dirigente competitivo electoralmente tensionaba al partido. Por otro lado, la modificación de la Carta Orgánica, que es la que establece la organización interna de los cuerpos partidarios, era una demanda y un objeto de lucha por parte de los dirigentes provenientes del interior que desde 2005 habían desplazado al alfonsinismo y que reclamaban herramientas para limitar su poder, especialmente mediante la disminución de los representantes de la Capital Federal y la provincia de Buenos Aires.

En el encuentro en Córdoba se plasmaron dos sectores con posiciones diferenciadas. La “amnistía” al vicepresidente y su grupo fue defendida por el radicalismo bonaerense encarnado en Leopoldo Moreau y Federico Storani. En esa línea también se inscribieron dirigentes porteños como Rafael Pascual y Enrique Nosiglia. Es decir, parte del grupo proveniente del alfonsinismo, que los referentes del interior buscaban desplazar desde 2005. A su vez, este grupo se oponía a la reforma de los cuerpos partidarios ya que sin duda limitaría su poder interno.

Por su parte, Gerardo Morales, Ernesto Sanz, Oscar Aguad, Mario Negri y Ángel Rosas se oponían al ingreso masivo de los radicales K, al tiempo que propugnaban una reforma de la Carta Orgánica para disminuir y federalizar el plenario de delegados al Comité Nacional. Buscaban principalmente aumentar la importancia relativa del rendimiento electoral en cada distrito, lo cual, dado su bajo desempeño, debilitaría directamente al radicalismo metropolitano (Página/12, 5/10/2008). Finalmente, la negociación terminó en un acuerdo intermedio. La Convención llamó a reincorporar a los dirigentes que se fueron a otras agrupaciones políticas —salvo al vicepresidente Julio Cobos—, mientras que la reforma de la Carta Orgánica se pospuso indeterminadamente (La Nación, 4/10/2008).

La división partidaria que implicó la creación del Movimiento Federal Radical en apoyo a la Concertación Plural lanzada por el presidente Kirchner fue la escisión más importante de la UCR desde la recuperación democrática. El conflicto agrario y su resolución por el voto de Julio Cobos trajeron como consecuencia una reorganización que aglutinó nuevamente a la UCR bajo una misma marca partidaria. Como lo ha definido el sociólogo alemán Georg Simmel (2015, p. 150), muchas veces los conflictos son acompañados por procesos de integración social. Pero sin dudas, estos no implican la desaparición de las contradicciones o las disputas internas. Si bien la UCR salió fortalecida del conflicto y se transformó en el principal partido opositor a nivel parlamentario y con mayor poder territorial en las provincias, la restructuración implicó nuevas tensiones. En particular, entre el radicalismo orgánico comandado por Gerardo Morales, que reivindicaba para sí el haber resistido en tiempos duros la defensa del partido, y el grupo del interior que abandonó el proyecto kirchnerista. Este último sector no solo aportaba mayor caudal electoral, sino también al candidato más competitivo. En este sentido, Cobos aunó dos sentidos o representaciones: fue símbolo de la oposición con capacidad de enfrentar al gobierno y, al mismo tiempo, un “traidor” al partido, como muchos de los dirigentes orgánicos manifestaron en diversas oportunidades. Estas tensiones se volvieron problemáticas cuando, en los años siguientes, Cobos intentó erigirse como candidato presidencial para las elecciones de 2011.  

 

6.      El declive de Julio Cobos y la candidatura de Ricardo Alfonsín

En los inicios del año 2010, diversos analistas coincidían en que, desde el famoso voto “no positivo” de mediados de 2008, Julio Cobos era el político opositor con mejor imagen positiva (La Nación, 24/1/2010). Incluso desde el oficialismo y el PJ, veían a Cobos como el candidato más fuerte de la oposición. No obstante, el Comité Nacional de la UCR declaró que tanto Ernesto Sanz como Oscar Aguad o Ricardo Alfonsín podían ser candidatos. ¿Por qué la UCR no se posicionó detrás de su candidato más competitivo en vez de promover más disputas internas? Si entendemos al campo político como campo disputas, podemos sostener que la candidatura del mendocino jaqueaba el poder interno del grupo de radicales que en los años previos había desplazado al alfonsinismo y defendido la postura opositora.

A mediados de 2010 se llevaron adelante las elecciones internas en la provincia de Buenos Aires para elegir al presidente de la UCR distrital. Ricardo Alfonsín triunfó frente a los históricos, como Federico Storani y Leopoldo Moreau. Ambos se consideraban los “hijos políticos de Raúl Alfonsín” y habían integrado la Junta Coordinadora Nacional y acompañado al expresidente en el sostenimiento del poder interno entre los años ochenta y noventa (Obradovich, 2016). Luego del triunfo, Ricardo Alfonsín lanzó una nueva línea interna: el MORENA, Movimiento de Renovación Nacional, que pretendía ser una plataforma partidaria para impulsar su candidatura a la presidencia de la nación (La Nación, 3/7/2010).

Para mediados de ese año, el radicalismo se dividía en las órbitas de dos candidatos que, sin duda, representaban distintas tradiciones partidarias. Por un lado, Ricardo Alfonsín poseía como principal atributo ser el hijo del último gran líder político de la UCR y estaba legitimado en uno de los distritos más importante. Su apellido era un símbolo que se entonaba en todos los actos, e incluso, el mismo candidato parecía buscar resaltar los parecidos estéticos con su padre, reivindicando su pertenencia a la “familia política radical”. Por su parte, Julio Cobos representaba, como sus allegados no dejaban de recalcar, la renovación partidaria que tanto se había reclamado. Además, poseía una enorme popularidad y una amplia intención de voto. Por último, enarbolaba los valores de mesura y valentía política, frente al oficialismo. En la campaña interna se mostraba como un político con decisión y firmeza, capaz de llevar adelante una gestión de gobierno.

Sin embargo, pese a que desde principios de año estaban casi definidas las candidaturas internas de Julio Cobos y Ricardo Alfonsín, Ernesto Sanz alteró el tablero partidario al sumarse como tercer candidato (La Nación, 30/11/2010). El presidente de la UCR aceptó realizar una interna cerrada con afiliados antes de las primarias de agosto de 2011, pedido que ya le había realizado Alfonsín a Cobos y que el mendocino había desestimado, prefiriendo dirimir la batalla durante las primarias abiertas, simultáneas y obligatorias (PASO). Aquí nuevamente se puede apreciar la disputa entre dos legitimidades distintas. Mientras el vicepresidente prefería una elección abierta en la que pudieran participar todos los electores interesados y en la cual pudiera hacer valer su imagen pública extrapartidaria, Alfonsín pugnaba por una interna cerrada para afiliados en la cual primara su figura interna como símbolo de la identificación radical.

Pese al pedido de diferentes dirigentes allegados a Julio Cobos, Ricardo Alfonsín y Ernesto Sanz acordaron llevar adelante las internas cerradas en abril de 2011 (La Nación, 15/1/2011). Así, la cúpula que monopolizaba los cargos partidarios enterró virtualmente la candidatura de Julio Cobos. El vicepresidente comprendió la imposibilidad de ganar en una interna cerrada sin el acompañamiento del aparato partidario: si decidían solo los afiliados de la UCR, sin dudas privilegiarían la figura de Ricardo Alfonsín y castigarían su acercamiento al kirchnerismo. Finalmente, luego de conversaciones con dirigentes partidarios, Julio Cobos anunció el retiro de su candidatura y manifestó su desacuerdo con el mecanismo de elección (La Nación, 26/1/2011).

Luego de organizar varios actos partidarios con un claro perfil opositor, a fines de marzo de 2011, Ernesto Sanz retiró finalmente su candidatura. Tras la proclamación oficial de Ricardo Alfonsín como candidato presidencial, Julio Cobos declaró que la UCR le había cerrado las puertas (La Nación, 7/4/2011). Ciertamente, el vicepresidente tenía razón. Había sido el líder de la oposición con mejor imagen pública entre 2009 y 2010, y la mayoría del electorado radical había avalado su reingreso al partido, pero las críticas internas y externas minaron su candidatura, y en última instancia el partido lo dejó fuera de la competencia al limitar la posibilidad de que los candidatos dirimieran el enfrentamiento en las primarias abiertas.

El declive de la candidatura de Julio Cobos evidencia no solo la tensión entre dos legitimidades hacia el interior de la UCR, una partidaria y otra propiamente electoral, sino también el peso que continúa manteniendo el poder interno frente a la coyuntura electoral. Si Cobos ganaba la  elección o se posicionaba como un candidato exitoso, hubiera puesto en jaque a buena parte de los espacios conquistados por el grupo de dirigentes que en los años anteriores había conducido el partido. Como pusieron en evidencia Pedrosa (2011) y Carrizo (2019), la trayectoria de pertenencia y la conquista de espacios internos son significativos dentro de la identidad partidaria; generan solidaridad y reconocimiento interno, y además posibilitan la toma de decisiones formales. Como decíamos al inicio, debido a estos elementos ligados a la organización del poder interno, no siempre prima en el radicalismo una pura racionalidad electoral. En este caso, la racionalidad estuvo orientada en un sentido material, en relación al mantenimiento de los puestos y valores internos, y no en buscar el triunfo en las elecciones generales.

 

7.      La consolidación de un nuevo radicalismo y los primeros acercamientos al PRO

En las elecciones presidenciales de octubre de 2011, la fórmula Ricardo Alfonsín-Javier González Fraga obtuvo el tercer lugar, con el 11% de los votos; el segundo lugar lo ocupó el santafesino Hermes Binner, con el 16%; y el triunfo lo obtuvo Cristina Fernández de Kirchner con el 54% de los votos. El fracaso de Ricardo Alfonsín fue rápidamente juzgado por diversos dirigentes. Había quedado tercero, pero además por debajo del que había sido su principal aliado, Hermes Binner, y del que se había alejado por diferencias en torno a la candidatura. Sin embargo, lo que encendió la alarma partidaria fue la pérdida de poder territorial. En las elecciones de 2011, el radicalismo perdió su bastión, Río Negro (bajo su gobierno desde 1983), y también Catamarca (bajo gestión radical desde 1991). Tampoco pudo recuperar Mendoza ni Chaco (al que había perdido en 2007), y se esfumaron sus esperanzas en Córdoba, Santa Cruz, Entre Ríos y La Pampa, donde, en las legislativas de 2009, había vencido o quedado muy cerca del kirchnerismo (La Nación, 13/10/2011).

Al calor de las discusiones, acusaciones por falta de vocación de poder y pases de factura por el pobre resultado en los comicios, las distintas facciones comenzaron a debatir la sucesión de Ernesto Sanz como presidente del partido (La Nación, 6/11/2011). En este marco, los distintos sectores presentaron dos candidaturas. Por un lado, el cobismo proclamó la figura de Sandra Rioboó, exdiputada de larga trayectoria partidaria. Para Julio Cobos, la nueva autoridad debía ser joven, una figura nueva en los altos puestos partidarios y, preferentemente, mujer (La Nación, 15/11/2011). Los espacios de Ricardo Alfonsín y de Ernesto Sanz, por su parte, impugnaron a la política bonaerense por haber sido candidata a senadora en la boleta de Hermes Binner durante las previas elecciones, lo que podía llegar a invalidar su candidatura de acuerdo al reglamento interno. Alfonsín, Sanz, Morales, Aguad y Mestre propusieron al santafesino Mario Barletta, exintendente de la ciudad de Santa Fe. Sin embargo, Barletta no era en ese momento delegado de la Convención Nacional, por lo que, en teoría, no podía ser electo (La Nación, 16/11/2011). Finalmente, a mediados de diciembre, Mario Barletta fue elegido de todas maneras presidente de la UCR.[3] La asunción del exintendente santafesino representó un triunfo del radicalismo más orgánico.

Unas semanas después de la elección del nuevo presidente del partido, el diputado Oscar Aguad llamó a constituir una gran alianza que incluyera al Pro de Mauricio Macri. En esta línea, exhortó a los sectores opositores a “reclamar reglas de juego claras en el mercado, certidumbre y confianza para atraer inversiones”. Por su parte, Mauricio Macri celebró la propuesta del diputado radical e invitó a su vez a dirigentes radicales a sumarse al PRO (La Nación, 23/1/2012, 31/1/2012).

Durante los primeros meses de la segunda gestión de Cristina Fernández de Kirchner, la UCR consolidó su rol opositor, destacando como principales problemas la inflación y la inseguridad. Temas que supuestamente el gobierno quería ocultar. Además, en un tono similar al partido de Mauricio Macri y Elisa Carrió, diversos dirigentes radicales comenzaron a hablar de “recuperar la república”. Ernesto Sanz, por su parte, afirmó que el gobierno actuaba a través de la AFIP como una “Gestapo”, persiguiendo opositores (La Nación, 15/8/2011).

A fines de agosto de 2012, la conjeturada intención del oficialismo de reformar la Constitución para que la presidenta pudiera ser reelecta acercó aún más al radicalismo y al PRO. Dirigentes de ambos partidos se reunieron para rechazar cualquier intento de reelección (La Nación, 22/8/2012). Días después, la UCR hizo público un documento en el que demandaba un amplio acuerdo de partidos opositores para enfrentar al gobierno. Afirmaba que resultaba necesario luchar conjuntamente contra la “intención del ejecutivo de perpetuarse en el poder” y “profundizar la concentración de las decisiones políticas para proteger el saqueo y la corrupción y convertir a todos los ciudadanos en mendicantes del Estado” (La Nación, 24/8/2012).

Por su parte, el líder del PRO, Mauricio Macri, comenzó una activa búsqueda de aliados, tanto en el Peronismo Federal como en el radicalismo provincial. El intendente porteño realizó giras por Córdoba y Jujuy. En San Salvador de Jujuy compartió el escenario con Gerardo Morales y Ernesto Sanz y, para sorpresa de estos últimos, los presentes empezaron a corear: “¡Macri presidente!” (La Nación, 26/8/2012). En esta coyuntura de discusión en torno a la posible reelección de Cristina Fernández de Kirchner, se realizaron manifestaciones y cacerolazos masivos tanto en la Ciudad de Buenos Aires como en las provincias (Gómez, 2014).

En este contexto, a principios de octubre se lanzó una línea interna del radicalismo que tenía como objetivo principal motorizar una coalición entre la UCR y el PRO. Se denominó Propuesta Radical para Otra Argentina y tuvo su asiento en la provincia de Buenos Aires. Algunos de sus referentes fueron Andrés Delich y Hernán Lombardi, y recibió apoyos de varios concejales radicales. Si bien esta línea no tuvo peso interno ni supo sobrevivir a la coyuntura política del momento, sí pudo revelar una serie de posicionamientos internos, en particular de intendentes y concejales, que propiciaban la posibilidad de tener al jefe de gobierno porteño como candidato de la UCR (La Nación, 12/9/2012).

Finalmente, luego de varios encuentros, la cúpula partidaria rechazó un acuerdo con Mauricio Macri y proclamó un acercamiento al Frente Amplio Progresista para las elecciones legislativas de ese año (La Nación, 09/3/2013). Se presentaron listas comunes para Capital Federal, provincia de Buenos Aires, Santa Fe, Mendoza y Tucumán (La Nación, 13/6/2013). En las elecciones legislativas a nivel nacional triunfó el oficialismo con el 32% de los votos, mientras que el Frente Progresista obtuvo el segundo lugar con el 24%, seguido del Frente Renovador con el 18% y Propuesta Republicana con el 8%.

En términos provinciales, los candidatos de la oposición mejor posicionados fueron el socialista Hermes Binner y Julio Cobos. El mendocino obtuvo el 47% de los votos en Mendoza, superando por veinte puntos al candidato del Frente para la Victoria y posicionándose como el radical más votado. Nuevamente, se perfilaba como el candidato natural a las elecciones presidenciales de 2015.

 

8.      La génesis de Cambiemos: afinidades electorales e ideológicas de los dos espacios

En los primeros meses del 2013, la UCR buscó mostrarse más unificada, valorizando sus candidatos. Ernesto Sanz y Julio Cobos, cada uno por su parte, realizaron algunos encuentros y actos autoproclamándose candidatos del partido en unas posibles elecciones internas dentro del espacio progresista (La Nación, 2/2/2014, 14/2/2014). En este marco de potencial convivencia entre futuros candidatos, Oscar Aguad comenzó a declarar abiertamente la necesidad de que la UCR realizara un acercamiento al PRO. El cordobés sostuvo que “los votantes de las clases medias que anteriormente habían votado al radicalismo se estaban acercando al espacio de Mauricio Macri”. Además, en relación a las supuestas antipatías ideológicas con el macrismo, Aguad aseguró que el radicalismo de la Declaración de Avellaneda, cercano a la centroizquierda, “era en realidad el radicalismo de la provincia de Buenos Aires que pretendía correr al populismo de Perón con más populismo” (La Nación, 15/3/2014), y que en las provincias nunca había sido mayoritario. Es interesante la postura del diputado por dos elementos. En primer lugar, por el reconocimiento del desplazamiento de los votos de la UCR al PRO y, por lo tanto, las afinidades electorales entre ambos espacios. Pero también por la admisión por parte de Oscar Aguad de la existencia de un radicalismo, en particular en el interior, mucho más “conservador” y “antiperonista”, que se diferenciaba de la tradición intransigente y alfonsinista de la provincia de Buenos Aires. Ciertamente, un espacio partidario de centroderecha había sido expresado en períodos anteriores tanto por el viejo balbinismo como por Eduardo Angeloz, en los primeros años de los noventa, y Fernando De la Rúa, después (Zícari, 2016). Sin embargo, estos últimos nunca habían podido desplazar ni al alfonsinismo ni al mismo Alfonsín en la toma de decisiones y en el equilibrio de poder partidario.

Pese a las distintas voces internas que proponían un acuerdo con el PRO, la UCR se lanzó a la constitución de un Frente Progresista con el Partido Socialista, GEN, Libres del Sur, la Coalición Cívica, Proyecto Sur, el socialismo auténtico y el Frente Cívico de Córdoba. Dicho frente, presentado en sociedad en abril de 2014, promocionaba la necesidad de presentar un candidato a presidente que surgiera de internas abiertas hacia el interior del espacio (La Nación, 23/4/2014). Pocas semanas después, Julio Cobos lanzó su candidatura presidencial en la Federación de Box de la Ciudad de Buenos Aires. Ricardo Alfonsín y parte del radicalismo de la provincia de Buenos Aires y CABA apoyaron su candidatura.

El panorama provincial del radicalismo evidenciaba otra postura. Ramón Mestre y Oscar Aguad, de Córdoba, Alfredo Cornejo, de Mendoza, Francisco Torroba, de La Pampa, Ricardo Buryaille, de Formosa, así como parte de la UCR de Entre Ríos y Catamarca, proclamaron la necesidad de un acercamiento al PRO. Muchos futuros candidatos a gobernadores e intendentes consideraban que su éxito electoral dependía de un acuerdo con Mauricio Macri (La Nación, 3/8/2014). Emilio Monzó fue el encargado de acercarse y cerrar acuerdos con los referentes provinciales del radicalismo. Finalmente, el compromiso entre los dirigentes provinciales de la UCR con el PRO se llevó adelante en once provincias para distintos comicios provinciales, por fuera de la estructura nacional. Es decir, independientemente del esquema de alianzas para la disputa presidencial, el radicalismo territorial avanzó sellando un acercamiento y condicionando directamente a la cúpula partidaria nacional (La Nación, 17/8/2014). Sin dudas, la coalición Cambiemos fue mucho más federal y representativa que la anterior Alianza con el Frepaso de 1996, cuya articulación principal estuvo en la Ciudad de Buenos Aires y en la provincia de Buenos Aires (Obradovich, 2019).

Los acercamientos provinciales entre ambos espacios y el apoyo declarado del presidente de la UCR a un acuerdo con Mauricio Macri daban casi por hecha la conformación de una coalición electoral. Sin embargo, la política de alianzas del partido debía ser aprobada por la Convención Nacional que se reuniría en Gualeguaychú a mediados de marzo de 2015 y que serviría como un termómetro de los apoyos internos a Ernesto Sanz y Julio Cobos. Mientras que el primero, presidente de la UCR y virtual candidato, propiciaba un acuerdo con el PRO y la Coalición Cívica, el segundo pedía ratificar el ya desgastado Frente Progresista.

En su discurso inaugural como líder partidario, Ernesto Sanz sostuvo que “para que el republicanismo democrático derrote al populismo autoritario” era necesario un acuerdo con el PRO. Recalcó enconadamente la necesidad de “combatir el populismo y recuperar las instituciones”. En un discurso más moderado, Julio Cobos enfatizó que era preciso reafirmar la identidad del partido y propuso un acercamiento al progresismo. Sin embargo, estuvo de acuerdo con Sanz en que la estrategia de alianzas de la UCR debía ser clara: “si se impone la propuesta de Ernesto, él tiene que ser el candidato a presidente de la UCR. Si gana la nuestra, estoy en condiciones de representarlos” (La Nación, 15/3/2015). Finalmente, la moción de Sanz triunfó por 186 votos contra 130. La coalición fue denominada Cambiemos y en las elecciones primarias de agosto, Mauricio Macri se impuso ampliamente frente a Ernesto Sanz.

 

Comentarios finales

Uno de los objetivos centrales de este trabajo supuso reconstruir los cambios de poder interno de los distintos grupos y espacios dentro de la UCR. Una primera etapa de esta transformación interna tuvo lugar con posterioridad a las elecciones de 2003 en la cual el partido obtuvo un porcentaje exiguo de votos a nivel nacional. Producto sin dudas del conjunto de tensiones que trajo aparejado el resultado, la UCR comenzó a reconfigurarse en dos direcciones. Por un lado una renovación de los grupos de poder internos y, por el otro, una creciente fractura partidaria. Al tiempo que un conjunto de referentes del interior de importante caudal electoral reivindicaba un cambio interno y pretendía desplazar a los dirigentes que ocupaban los principales puestos partidarios, otro grupo de gobernadores e intendentes radicales comenzaba a brindar un apoyo cada vez más importante al gobierno nacional, distanciándose del posicionamiento de las autoridades partidarias. En realidad, ambos procesos están vinculados. Los referentes del interior que avanzaban sobre los puestos internos del partido se posicionaron frente al alfonsinismo, criticando su apoyo al gobierno nacional, al tiempo que postulaban la necesidad de constituirse como oposición para recuperar el rol histórico del radicalismo frente al peronismo. Como contraparte, diferentes gobernadores e intendentes que necesitaban recursos nacionales para sus gestiones y, sin duda, apoyaban algunas de las principales medidas del gobierno nacional, se vieron cada vez más enfrentados a la nueva cúpula partidaria. Con la pérdida de poder de Raúl Alfonsín, no surgieron en este período nuevos líderes que pudieran saldar las disputas internas.

En esta coyuntura de renovación y afianzamiento del discurso opositor, el apoyo de gobernadores e intendentes al gobierno nacional resultó cada vez más conflictivo y, luego de la elección legislativa de 2005, se oficializó la ruptura mediante la expulsión de dirigentes y diversas intervenciones partidarias. Muchos de los expulsados reivindicaban su identificación radical y sostenían que la burocracia interna les impedía renovar el partido y sus ideas. La ruptura entre las autoridades partidarias y lo que se denominó el “Radicalismo K” fue sin duda uno de los cismas más notorios de la historia de la UCR. La mayor novedad de este quiebre fue tal vez que peronistas y radicales disidentes conformaran listas conjuntas en los distintos distritos provinciales en casi todo el territorio, lo que complejizó parte de las disputas parlamentarias. Si bien esta división complicaba el rendimiento electoral de la UCR en varias jurisdicciones y, sin dudas, a escala nacional, los referentes de la UCR se mantuvieron muy críticos y distantes frente a la posibilidad de sumar a parte de los dirigentes que habían apoyado al kirchnerismo. Es en coyunturas como esta donde el radicalismo ha mostrado una de las particularidades de su cultura política: el valor de la conquista y el mantenimiento de los puestos internos partidarios, aunque impliquen una tensión e incluso contradicción con el rendimiento electoral. Con rispideces y disputas, en esta etapa se afianzó el poder de un nuevo grupo de radicales, exitosos electoralmente en sus distritos, que le terminó imprimiendo al partido el tono opositor y confrontativo característico de aquellos años.

Poco tiempo después de las elecciones de 2007, el regreso de Roberto Lavagna al Partido Justicialista de Buenos Aires, luego de ser candidato presidencial por la UCR, trajo aparejado una fuerte controversia interna y abrió la posibilidad de que los radicales de la Concertación formaran una línea interna para competir por cargos partidarios y candidaturas. Sin embargo, el conflicto agrario reorganizó las posiciones de buena parte del campo político, produciendo nuevas rupturas pero también aglutinando posturas y facciones. En este contexto, la UCR terminó por unificarse como partido opositor y Julio Cobos se transformó en uno de los políticos más conocidos y con mejor imagen pública del país. La reunificación partidaria supuso también una revitalización de la vida interna del partido y una recuperación de su caudal electoral. Así, el radicalismo se transformó en el principal espacio opositor en el Congreso Nacional en las elecciones de 2009. En esta coyuntura, la UCR no solo logró convocar actos masivos, sino también ganar elecciones en ciudades importantes del interior, desplazando al oficialismo. El creciente contexto de polarización y politización actuó cohesionando el radicalismo y aumentando su competitividad electoral.

No obstante, la polarización frente al gobierno nacional resultó más afín al grupo de radicales orgánicos que en los años previos había sostenido un rol opositor. El conflicto agrario legitimó a la facción de la UCR que, con representantes como Ernesto Sanz y Gerardo Morales, desde hace años venía acusando al oficialismo de “autoritarismo” y “abuso de poder”. La disonancia interna entre los distintos espacios la abrió el nuevo liderazgo de Julio Cobos que representó en su propia figura la tensión del partido. Se transformó en uno de los referentes más reconocidos de la UCR, con un importante capital electoral, pero al mismo tiempo no dejó de ser un “traidor interno al partido” para buena parte de los dirigentes que habían resistido los embates del oficialismo y que estaban al comando.

En términos generales, la reorganización partidaria en la coyuntura de la polarización implicó centralmente la unificación nacional, cierta revitalización de la identificación radical y un mejoramiento del caudal electoral. Sin embargo, no hubo importantes innovaciones interpretativas frente al kirchnerismo y tampoco cambios en las formas de interpelación partidaria. El modo de concebir al kirchnerismo como un gobierno “autoritario”, “incapaz de dialogar con la oposición” y “negligente en torno a las normas institucionales”, que comenzó a definirse en 2003, se mantuvo a lo largo de período. Sin embargo, se dieron muchas afinidades electivas entre el posicionamiento anterior de la UCR y el conflicto del gobierno con los sectores agropecuarios. Más que nuevos discursos opositores, la UCR encontró en el conflicto agrario y en la polarización de los años posteriores extraordinarias condiciones para que lo que venían sosteniendo los principales dirigentes respecto al gobierno nacional fuera escuchado y creído. En este sentido, la crisis del campo operó como un guardagujas weberiano (Schluchter, 2018 p. 92), cambiando la dirección de las luchas internas y, en parte, redefiniendo el rol del partido frente al gobierno, por lo que resulta un hecho central en el análisis.

La coalición con el PRO de Mauricio Macri puede interpretarse como parte del afianzamiento del nuevo grupo de radicales que había desplazado internamente al alfonsinismo y, posteriormente, al cobismo. Sin embargo, la formación de Cambiemos en 2015 no solo fue parte de la estrategia de un sector político, sino también de muchas afinidades electivas entre los votantes y los dirigentes intermedios de las provincias, que celebraron acuerdos con el PRO incluso antes de que la Convención Nacional de Gualeguaychú terminara de definir una alianza. Estas afinidades fueron activadas fuertemente durante el conflicto de 2008 y se afianzaron en los años posteriores. La polarización del espacio político cohesionó a la oposición en el interior y también actuó politizando y movilizando parte del electorado. En este sentido, el proceso de polarización resulta central para comprender la trasformación de la UCR y la formación de Cambiemos.

 

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Fuentes

Diario La Nación

Diario Clarín

Diario Página 12



[1] Gabriel Obradovich, Lic en Sociología y Doctor en Estudios Sociales  por la Universidad de Buenos Aires.  Docente de la carrera de sociología de la Universidad Nacional del Litoral e investigador del Instituto de Humanidades y Ciencias Sociales de Litoral (UNL-Conicet). Correo electrónico gabrielobradovic@gmail.com

[2] Luis Donatello, Lic en Sociología y Doctor en Sociología por por la Escuela de Altos Estudios en Ciencias Sociales de París.  Investigador independiente del Conicet y profesor de la Universidad Nacional del Litoral y la Universidad de Buenos Aires. Correo electrónico: luisdonatello@gmail.com

[3] Increíblemente, Sandra Rioboó, la candidata propuesta por Cobos, fue expulsada de la UCR unas semanas después por haber participado, como afiliada, en la lista de otro partido. El dato sin duda evidencia la fuerte disputa entre el cobismo y la UCR orgánica.